Limpieza de primavera



Glad Påsk, postal de 1944
La proximidad de la primavera, con todas las fuerzas de la naturaleza despertándose después del encierro invernal, puede provocar alteraciones en el comportamiento. Supone un impulso que, a menos de encontrar un canal apropiado para desembocar,  propósito o proyecto que energizar, puede volverse en nuestra contra provocando nerviosismo, confusión mental y otras formas de malestar interno que puede resultar agotador. De igual modo es conveniente que estos canales por los que fluirán estas energías se encuentren limpios; y esto aplica tanto en lo referente a la planificación de un proyecto, como si hablamos de nuestro cuerpo, o nuestro hogar. 

Nuestras casas son una especie de segundo cuerpo, entre sus paredes deberíamos sentirnos seguros y confortables. Existen disciplinas ancestrales que se ocupan de las relaciones entre nuestros hogares y nuestras vidas, como el Vastu, o el Feng Shui. Pero en esta ocasión vamos a abordar el tema desde una perspectiva mucho más sencilla,  crear y reforzar el vínculo entre nuestros actos en el plano material y los planos emocional y mental. En palabras de Gareth Knight se trata de “actuar con intención”: Las actividades ordinarias de la vida cotidiana pueden ser usadas para ayudar al desarrollo oculto y espiritual de uno. Toda acción exterior puede ser trabajada conscientemente también sobre los niveles internos. Por ejemplo, cuando uno se baña o lava, uno lo hace con la intención de limpiarse también de sus errores, impurezas o pecados. (…)  

Una limpieza estacional en toda regla implica, en primer lugar, dedicación y resolución. Si es necesario nos tomamos un “día libre” para asegurarnos de tener tiempo de concluir lo que empezamos. La limpieza conllevará, además del agua y el jabón, una serie de trabajos asociados: como sacar todo lo que tenemos, deshacernos de lo inútil y buscar un lugar adecuado para todo aquello que después de la selección conservamos, pero también dar la vuelta a algunas cosas, descubrir rincones desconocidos y probar nuevas formas de organización.
Como una pequeña mudanza, es algo que solicita esfuerzo físico, mental y, no pocas veces, también emocional. Desde luego, uno no siempre se ve con ánimo de ponerse a la labor; pero en ocasiones se hace necesario, y no precisamente por la casa. Se trata de aquellos momentos en los que necesitamos “resetear” nuestras vidas, deshacernos de lo que ocupa espacio y además no sirve, hacer sitio para lo que ha de llegar, recuperar terreno personal, y actualizar la relación que tenemos con nosotros mismos.

En primer lugar, romperemos con la cotidianidad, la limpieza estacional no consiste en pasar la escoba, sino en darse un día para trabajar y renovarse, tomarse el tiempo para estar solo con tus pensamientos. Es muy diferente el modo en el que uno piensa cuando tiene las manos ocupadas... no da vueltas y más vueltas sumergiéndose en una misma idea prometedora o tormentosa, sino que la observa desde la distancia, sin darle más importancia de la que merece, lo cual nos aporta claridad y también un cierto alivio.

Vamos a necesitar toda esa claridad en el momento en el que saquemos todo lo que tenemos guardado (ropa, libros, objetos), y desde el fondo de los cajones desfilen ante nuestros ojos cosas que ni siquiera recordábamos que estaban aún por allí; todos esos objetos que en sí mismos no son más que plástico o metal o tela, pero llevan asociada una cierta carga emocional. Volverá a la memoria el día en que decidimos meter aquello en lo más profundo del cajón, para que el recuerdo asociado no nos atormentara. Tocará discernir si el momento de deshacernos de aquello ha llegado, si aún lo esconderemos hasta la próxima ocasión, o si podemos reincorporar con naturalidad la etapa presente de nuestra vida.

Recuerdo, en la adolescencia y primera juventud, haber tenido una caja de zapatos en la que guardaba cartas y escritos de otras épocas, sólo la abría para revisarla en las limpiezas y otros momentos cumbre. La habitación revuelta, toda la ropa del armario tendida sobre la cama, el suelo ocupado por columnas de libros... Llegaba "el momento de la caja", de abrirla, sacar dos o tres hojas, de leerlas abstraída sentada de cualquier modo; recordar, sentir las punzadas de la memoria, de la emoción contenida, sopesarlo, sacar otras hojas, leerlas, soltar alguna lagrimilla, esbozar una sonrisa, rasgarlas y depositarlas con satisfacción en una gran bolsa de basura.

Luego te levantas y sigues con la tarea, porque ¿recuerdas? toda la ropa del armario está tendida sobre la cama, y no quieres dormir en el suelo, que tampoco es el mejor lugar para los libros. El proceso es el mismo con la ropa, con lo que sea... Se trata de separar lo que va a la basura, lo que a nosotros no nos sirve pero sí puede servir a otros, lo que deberíamos retornar a su propietario original, y lo que nos quedamos. Todo tiene recuerdos o ideas asociadas, de lo que ya no somos o no necesitamos, de lo que queremos conservar, de lo que queremos potenciar.

Glad Påsk, postal de 1947
Algunos años y muchas mudanzas después, incluyendo un par de cambios de continente, para mí conservar demasiados objetos – y sus recuerdos asociados- resulta un lujo insostenible y, en mi opinión, también una gran lección. Sin embargo, quiero remarcar que muchas veces tememos ponernos en “modo limpieza” por si luego tenemos que arrepentirnos de aquellas cosas de las que nos hemos separado. Lo importante de esta fase no es deshacerse de cuanto más mejor, sino discernir. En lo personal me he llevado muchas sorpresas mientras decidía qué  tiraba o regalaba, y qué conservaba y me llevaba conmigo. Creo que tenemos que conservar esta receptividad al hecho de sorprendernos a nosotros mismos y respetar los cambios que acontecen en nuestro interior. Muchas veces nos aterroriza la idea de la separación, y nos negamos a darnos el espacio que necesitamos para crecer y desarrollarnos, sin darnos cuenta de que si crecemos lo suficiente abrazaremos aquello que un día creímos dejar atrás.



Volviendo a la limpieza de la casa, una práctica que resulta excelente cuando sentimos que el entorno está demasiado cargado, o nosotros nos sentimos atrapados o bloqueados es el cambio de lugar de los muebles...  Se trata de reorganizarse, de buscar nuevas maneras de ubicar lo que ya había, por estética, por ganar espacio, o porque descubrimos que un mismo elemento que antes servía para una cosa nos va a servir mejor para otra.  

El mueble de la cocina de la última casa en la que viví había sido el mueble de la sala de su antecesora, y actuado con bastante dignidad como armario provisional en las anteriores. Era un buen mueble y en consecuencia sobrevivió sin problemas a cuatro mudanzas. Esto puede pasar con otras cosas en nuestra vida, que vale la pena conservar, pero que no siempre responden a las mismas funciones. Tan malo como guardar cosas inútiles, que molestan, es deshacernos de algo que puede servir (o que puede servir a otros). No se trata tanto de “ahorrar”, sino de aprovechar los recursos disponibles en nuestro beneficio y en el de aquellos que nos rodean. Adquirir el hábito de  concientizarnos de las correspondencias que podemos establecer entre las necesidades (nuestras, o de otros) y las posibles soluciones, sencillas y efectivas, que tenemos a nuestro alcance.  

Una vez todo el trabajo de selección y movimiento está hecho, pasamos a la fase de combate contra la suciedad. En la modalidad dura (y primera en atenderse): nos enfrentamos a elementos como la grasa que se acumula en los rincones de la cocina a los que no llegan nuestras manos, y a veces, ni siquiera nuestra vista. Agua muy caliente, estropajos y lo que sea para recuperar el tacto de la superficie original. Aquí podemos descargar sin necesidad de represión todo el enojo - así sea con uno mismo -  que llevamos a cuestas, o que nos haya provocado el encuentro con ciertos recuerdos. Frotando bien fuerte, con toda tu rabia - que va a hacer falta - , expulsamos ambos tipos de suciedad acumulada, la de la cocina y la propia. Es una técnica/excusa ideal para aquellos que no han encontrado el tiempo de golpear un cojín. 

Una vez nos hayamos cansado, es el momento de la modalidad suave: acciones más relajadas como el barrido/fregado clásico, quitar el polvo, etc. Por último, cambiaremos en la medida de lo posible la ropa de la casa, podemos simplemente poner sábanas, toallas y cortinas limpias, pero lo ideal para una buena limpieza estacional es estrenar, simbólicamente damos la bienvenida a todo aquello nuevo y limpio que llega a nuestras vidas. Hace mucho tiempo una buena amiga me enseñó a pedir un deseo cada vez que estrenaba una colcha, y a permanecer atenta a lo que soñaba la primera noche que la usaba. 

Cuando damos por terminadas todas las tareas que nos habíamos propuesto, descubrimos que ya hemos recordado todo lo que teníamos que recordar, que ya nos hemos ensuciado, revuelto, reído y llorado, nos hemos deshecho de lo que no queríamos, aunque con algunas cosas nos ha costado un poco, hemos pensado en lo que sí queríamos y en lo que podíamos dar a otros; nos hemos peleado con nosotros mismos y con todo, y también nos hemos descargado; hemos visto lugares de nuestras casas que sólo nosotros conocemos y nuevas posibilidades de colocar las cosas... Nos hemos preparado un buen lugar en el que estar, y estamos cansados, sí, pero también relajados y satisfechos.

Encenderemos unas velitas, y tal vez, algún incienso, una música suave, que vaya "creando ambiente" mientras nos damos un baño y, al salir, felices de estar en nuestra piel, nos secaremos con nuestras nuevas y suaves toallas, y nos daremos algún premio. No vamos a trabajar en NADA más por el resto del día, aunque nos haya sobrado algo de tiempo o nos queden fuerzas, ni siquiera cocinaremos. Siempre conviene felicitarse y celebrar después de terminar una trabajo que nosotros hemos decidido hacer. A base de repetición, nuestro cuerpo y nuestra mente asociarán ambas cosas y estarán cada vez más dispuestos a ayudarnos con todas sus capacidades en la consecución de nuestros objetivos.  

Vaelia, 2013


Notas:
1. Gareth Knight, Ejercicios y prácticas ocultos, Luis Carcamo, Madrid, 1979. p.23

PD.  Las postales que ilustran este texto, vienen del blog Sexy Witch y son parte de una tradición sueca de primavera. En Suecia se creía que en el Jueves Santo las brujas volaban en sus escobas a la montaña Blåkulla para reunirse con el Diablo. Por esto los niños se disfrazan de "brujas de Pascua"  y van de puerta en puerta ofreciendo tarjetas de felicitación a cambio de comida.  

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